martes, 13 de diciembre de 2011


Les recomiendo esta banda mexicana

miércoles, 28 de abril de 2010

Andreè leía

Andreè leía. Justo había terminado de ver una película. Había también bajado a servirse un trago de esos que aclaran la garganta porque aquél dichoso guión le había dejado obstruida con un gigantesco nudo que no la mataría de asfixia, pero de igual modo sentía la obligación de esclarecerlo. Andreè leía. Ojeaba con intriga un cuento que había dejado abandonado por obligaciones alternas, de modo que repasaba las palabras repetidamente pues no lograba comprender nada de lo que estaba escrito. Y es que ella había ocupado su mente con tantas otras cosas aparte de esa gloriosa trama de cuento largo que no podía recordar cómo había empezado la historia.

Andreè leía y de fondo escucha el teclear de finos dedos en la habitación contigua. También escuchaba música de fondo. La música hablaba de nubes, pero Andreè no se interesó en la melodía ni el teclear de finos dedos más que por un corto cabello rubio cenizo que había caído sobre el blusón de su pijama. Andreè tenía una obsesión horrorizante por los cabellos. Lo que le causaba horror eran los cabellos desprendidos, pero esta vez no lo quitó de su blusón con desagrado. Ella tomó el delgado cabello con curiosidad y hasta un poco de dulzura y aún sabiendo que no había tomado el baño ese día, lo examinó con diversión. Observó con detalle el brillo de este y no pensó en las pequeñas maravillas de la naturaleza sino en lo mucho que le gustaba el cabello cuando sí estaba en una cabeza. Sintió de momento que no debía desprenderse deliberadamente de algo que había nacido de ella misma. Luego se sintió ridícula y aún no lo botó. Lo dejó en su escritorio a lado de una pestaña que de alguna forma había decidido caer ahí también. Andreé había dejado de leer y sentía que debía continuar haciéndolo por lo que volteaba continuamente a su cama para asegurarse de que el libro supiera que ella le prestaba atención y regresaría por él. por algún motivo no podía decidirse a dejar de pensar en el cabello y ahora también en la pestaña que se posaban sobre el escritorio formando una composición extraña. Andreè no regresó a leer, se fue con aquellos delgados hilos que parecía que flotaban como dos barcazas.

El pueblo divorciado

Ya se veían reunirse en la tribuna y apenas estaba empezando a clarear. Ves que es de tradición en este pueblo celebrar las discordias y rupturas de las parejas. La gente se asfixiaba contra los hombros de más gente y entre zapatazos y exaltaciones empezaron a tomar todos sus lugares. Se apoyaban con ambas manos sobre las rodillas y se asomaban entre las filas en espera del espectáculo. Después de un estrépito todas las voces amedrentadas se callaron de golpe para abrir paso a la pareja de la que todo el pueblo había estado hablando las últimas semanas. El gobernados entró dando zancadas hasta el estrado que estaba frente el público. Llevaba un monóculo y ningún sombrero cubría su calva cabeza. Tocó repetidamente un gran micrófono redondo con la yema de su dedo medio y un chillido perforador indicó que el micrófono estaba ahora encendido. - Eeehemm- Un silencio precedió a la voz del gobernador que ahora sacaba de su saco una hoja arrugada. Al leer la hoja el gobernador abrió grandes los ojos, se pegó el papel a la nariz, lo retiró de un sobresalto y se fue corriendo mientras arrugaba la hoja en su mano. De repente se escuchó como una ola de susurros del público atolondrado. Algunos se pararon para ver que sucedía. Otros lanzaron gritos de enojo y los demás se limitaban a mirarse entre si e intercambiar gestos de confusión. El gobernador no regresaba y algunos acalambrados decidieron regresar a sus casas. Pasaron las horas y los que se habían quedado aprovechaban para socializar, tomar el sol y jugar cartas. Volteaban de vez en vez en espera del gobernador y nada. Nadie quería perderse del evento que debía llevarse a cabo ese día. Se acercaba la hora de comer y fue entonces cuando la gente se empezó a exaltar, lanzaron piedras hacia el estrado e incluso uno que otro quiso comenzar una disputa.

Llegó en gobernador finalmente con una caravana de policías a poner orden. Ahora sí llevaba puesto un sombrero y fruncía los labios. Tenía un aspecto fúnebre. Comunicó al pueblo que la celebración no se llevaría a cabo y que quedaban en espera de alguna noticia. Se fueron yendo poco a poco las personas del pueblo confundidos y desalentados.

Luis y Minerva ya habían empacado y caminaban hacia en ocaso para huir del pueblo que jamás los había enseñado a amar.

domingo, 13 de diciembre de 2009


martes, 8 de septiembre de 2009

Let me eat cake

Yo sí te fallé. Tal vez desde aquél momento de solaz que dejé de ser tu amiga. Yo era tu amiga al principio, de eso estoy muy segura. Recuerdo siempre con apego y melancolía, tú sabes que siempre me invade la melancolía, el olor a panqué horneado que tenía tu casa. A veces pienso que pudo haber sido el mismo olor el culpable de mi traición. Como si me hubiera poseído así por así, desprevenida y asustada. Pudo haber sido en ese instante en que te dije que tu casa olía como a repostería y me dijiste, lo recuerdo bien, que no percibías nada por el estilo. Puedo olerlo todavía, pareciera que el perfume se quisiera quedar colgado de mi nariz. Balanceándose intransigente en mi fosas para ahogarme de culpabilidad. ¡Te fallé, te fallé! Yo sé que sí, pero todavía no encuentro motivos para pedirte una disculpa. Quizá por eso el perfume sigue en mí.

¿Te acuerdas de la lluvia un día 15 de Septiembre? Como siempre, la maldición me quitaba a mi la independencia y me enclaustraba. Si bien, ese día nos quedamos encerradas, por lo menos estábamos las dos y la esencia del panquesito. Y si no mal recuerdo, ese fue el día de la perversa posesión de ese olor tan impregnante y sutil al mismo tiempo, tierno y desgarrador como el unicornio azul. Tuvo que haber sido ese día, pues de no haber sido así no lo recordaría con tanta intriga y lucidez. Fue ese día y lo recreo en mi mente no sin asfixia. ¿Te acuerdas que escuchábamos música? No solo ese día. En general escuchábamos música. Antes llegué a pensar que la música era entera la culpable, pues no, pero si fue responsable de que fuera in crescendo. Y no podemos dejar a un lado la comida. La comida muchas veces, incontables veces, me evoca tu presencia. ¿Y cómo no esperabas que te fallara? Los demonios tienen una forma muy sutil de seducirte, muy classy. No pienses que no me resistí. Meses enteros incluso logré apartarlos y seguí siendo tu amiga. Casi completamente fiel a ese ideal.

Yo no soy mala. De niña creía que solo las personas malas sucumbían ante fuerzas endemoniadas. Pero tu me lo advertiste, en varias ocasiones me dijiste que no debía ser confiada. Me lo dijiste también la noche que descubrimos a Memojo “el Muerto Manco” justo en medio del bosque, pero me dijiste que sólo había demonios en las personas. Nunca me dijiste que había demonios en la comida y en los perfumes.

Eran buenos días a pesar de todo, y eso porque me quedaban las estrellas. Fuiste tu quien vio la shooting star sobre el techo de tu camioneta. Nunca nos dijimos qué habíamos pedido de deseo. Ves que los deseos no se deben desnudar o se funden apenas emana la primera letra desde pringosos adentros. Mi deseo quizá no habrá de encarnarse, pues en un acto premeditado salió corriendo de entre mis dientes para descubrirse ante tus ojos. Dejé salir el deseo y los males sin preocuparme de que se quedaran errantes y todo con el fin de reivindicarme. Al poco tiempo me llegó la factura y quedé escasa y noté que te alejabas de mi. Yo me apartaba también de tu periferia para que los males no embistieran nuevamente nuestro turbado recuerdo.

Todo iba bien, lo dejé huir y estaba bien. Pasé temporadas eufóricas de tardes extraordinarias y noches de sosiego o viceversa. El hecho es que el demonio parecía haber salido ya de mis entrañas. Me sentí liberada y corrí a confesarte. Vé que me redimí, me escapé de la deshonra, ya nadie tiene por que sufrir. Lo sobrellevamos días, semanas, lo olvidaste. Me convencí de que los demonios no existen y disimulé muy bien si alguno se acercaba.

Un tiempo después te fuiste, te evaporaste detrás de un amor insólito y enredado. Yo me hallé descuartizada engañándome y fallándote otra vez. Un digestivo llegó para anunciarme que no me había sido posible olvidar, que desde aquella lluvia de 15 de Septiembre yo te amé y no había dejado de amarte ni en mis tarde-noches de animoso sosiego. Te traicioné pero nunca dejé de adorarte ni de velar tus tristezas. Jamás cosí tus piernas de idilio semitransparente a mi fatua figura. Soporté el vacío de tu expresión de Blanca Nieves, de tus ojos circunspectos y de textura avellanosa. Delegué la labor de corresponderme a la música francesa y a tus llamados ocasionales –C’est Si Bon––. Y tú pensabas que no te sentía cuando hundías tu frente en mis hombros desahogando tus quejidos y yo ahogando mis latidos bajo respiros entrecortados.

Esta vez faltaban diez, pero también llovía. El cielo estaba a merced de mis ojos grises. Tus labios se escapaban de mi imaginación para encontrarse y saciarse de aquellos de tu amor enredado. Tu casa seguía oliendo a panqué y mi lengua nunca habrá de probarlo. Y yo era tormenta y era nube y era libre.

FIN

martes, 21 de julio de 2009

frangelique

Lánzame la bomba del deseo y no titubees,
no juegues a la moral,
no inventes que sabes que significa.
Lleva años sin poderte persuadir,
ni yo, que me he dejado seducir.

Lánzame la granada de tu perfume peligroso,
no pretendas ser insulsa y luego transpires chocolate
no mojes tus ojos avellanosos
a no ser que fermentes mi licor
y luego me dejes probarlo.



sábado, 13 de junio de 2009

No me satisface mi briaguez, así no sepa si se escribe con zeta, no me fascina pensarte, así no tenga la certeza de que me corresponde...