miércoles, 28 de abril de 2010

El pueblo divorciado

Ya se veían reunirse en la tribuna y apenas estaba empezando a clarear. Ves que es de tradición en este pueblo celebrar las discordias y rupturas de las parejas. La gente se asfixiaba contra los hombros de más gente y entre zapatazos y exaltaciones empezaron a tomar todos sus lugares. Se apoyaban con ambas manos sobre las rodillas y se asomaban entre las filas en espera del espectáculo. Después de un estrépito todas las voces amedrentadas se callaron de golpe para abrir paso a la pareja de la que todo el pueblo había estado hablando las últimas semanas. El gobernados entró dando zancadas hasta el estrado que estaba frente el público. Llevaba un monóculo y ningún sombrero cubría su calva cabeza. Tocó repetidamente un gran micrófono redondo con la yema de su dedo medio y un chillido perforador indicó que el micrófono estaba ahora encendido. - Eeehemm- Un silencio precedió a la voz del gobernador que ahora sacaba de su saco una hoja arrugada. Al leer la hoja el gobernador abrió grandes los ojos, se pegó el papel a la nariz, lo retiró de un sobresalto y se fue corriendo mientras arrugaba la hoja en su mano. De repente se escuchó como una ola de susurros del público atolondrado. Algunos se pararon para ver que sucedía. Otros lanzaron gritos de enojo y los demás se limitaban a mirarse entre si e intercambiar gestos de confusión. El gobernador no regresaba y algunos acalambrados decidieron regresar a sus casas. Pasaron las horas y los que se habían quedado aprovechaban para socializar, tomar el sol y jugar cartas. Volteaban de vez en vez en espera del gobernador y nada. Nadie quería perderse del evento que debía llevarse a cabo ese día. Se acercaba la hora de comer y fue entonces cuando la gente se empezó a exaltar, lanzaron piedras hacia el estrado e incluso uno que otro quiso comenzar una disputa.

Llegó en gobernador finalmente con una caravana de policías a poner orden. Ahora sí llevaba puesto un sombrero y fruncía los labios. Tenía un aspecto fúnebre. Comunicó al pueblo que la celebración no se llevaría a cabo y que quedaban en espera de alguna noticia. Se fueron yendo poco a poco las personas del pueblo confundidos y desalentados.

Luis y Minerva ya habían empacado y caminaban hacia en ocaso para huir del pueblo que jamás los había enseñado a amar.

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