martes, 8 de septiembre de 2009

Let me eat cake

Yo sí te fallé. Tal vez desde aquél momento de solaz que dejé de ser tu amiga. Yo era tu amiga al principio, de eso estoy muy segura. Recuerdo siempre con apego y melancolía, tú sabes que siempre me invade la melancolía, el olor a panqué horneado que tenía tu casa. A veces pienso que pudo haber sido el mismo olor el culpable de mi traición. Como si me hubiera poseído así por así, desprevenida y asustada. Pudo haber sido en ese instante en que te dije que tu casa olía como a repostería y me dijiste, lo recuerdo bien, que no percibías nada por el estilo. Puedo olerlo todavía, pareciera que el perfume se quisiera quedar colgado de mi nariz. Balanceándose intransigente en mi fosas para ahogarme de culpabilidad. ¡Te fallé, te fallé! Yo sé que sí, pero todavía no encuentro motivos para pedirte una disculpa. Quizá por eso el perfume sigue en mí.

¿Te acuerdas de la lluvia un día 15 de Septiembre? Como siempre, la maldición me quitaba a mi la independencia y me enclaustraba. Si bien, ese día nos quedamos encerradas, por lo menos estábamos las dos y la esencia del panquesito. Y si no mal recuerdo, ese fue el día de la perversa posesión de ese olor tan impregnante y sutil al mismo tiempo, tierno y desgarrador como el unicornio azul. Tuvo que haber sido ese día, pues de no haber sido así no lo recordaría con tanta intriga y lucidez. Fue ese día y lo recreo en mi mente no sin asfixia. ¿Te acuerdas que escuchábamos música? No solo ese día. En general escuchábamos música. Antes llegué a pensar que la música era entera la culpable, pues no, pero si fue responsable de que fuera in crescendo. Y no podemos dejar a un lado la comida. La comida muchas veces, incontables veces, me evoca tu presencia. ¿Y cómo no esperabas que te fallara? Los demonios tienen una forma muy sutil de seducirte, muy classy. No pienses que no me resistí. Meses enteros incluso logré apartarlos y seguí siendo tu amiga. Casi completamente fiel a ese ideal.

Yo no soy mala. De niña creía que solo las personas malas sucumbían ante fuerzas endemoniadas. Pero tu me lo advertiste, en varias ocasiones me dijiste que no debía ser confiada. Me lo dijiste también la noche que descubrimos a Memojo “el Muerto Manco” justo en medio del bosque, pero me dijiste que sólo había demonios en las personas. Nunca me dijiste que había demonios en la comida y en los perfumes.

Eran buenos días a pesar de todo, y eso porque me quedaban las estrellas. Fuiste tu quien vio la shooting star sobre el techo de tu camioneta. Nunca nos dijimos qué habíamos pedido de deseo. Ves que los deseos no se deben desnudar o se funden apenas emana la primera letra desde pringosos adentros. Mi deseo quizá no habrá de encarnarse, pues en un acto premeditado salió corriendo de entre mis dientes para descubrirse ante tus ojos. Dejé salir el deseo y los males sin preocuparme de que se quedaran errantes y todo con el fin de reivindicarme. Al poco tiempo me llegó la factura y quedé escasa y noté que te alejabas de mi. Yo me apartaba también de tu periferia para que los males no embistieran nuevamente nuestro turbado recuerdo.

Todo iba bien, lo dejé huir y estaba bien. Pasé temporadas eufóricas de tardes extraordinarias y noches de sosiego o viceversa. El hecho es que el demonio parecía haber salido ya de mis entrañas. Me sentí liberada y corrí a confesarte. Vé que me redimí, me escapé de la deshonra, ya nadie tiene por que sufrir. Lo sobrellevamos días, semanas, lo olvidaste. Me convencí de que los demonios no existen y disimulé muy bien si alguno se acercaba.

Un tiempo después te fuiste, te evaporaste detrás de un amor insólito y enredado. Yo me hallé descuartizada engañándome y fallándote otra vez. Un digestivo llegó para anunciarme que no me había sido posible olvidar, que desde aquella lluvia de 15 de Septiembre yo te amé y no había dejado de amarte ni en mis tarde-noches de animoso sosiego. Te traicioné pero nunca dejé de adorarte ni de velar tus tristezas. Jamás cosí tus piernas de idilio semitransparente a mi fatua figura. Soporté el vacío de tu expresión de Blanca Nieves, de tus ojos circunspectos y de textura avellanosa. Delegué la labor de corresponderme a la música francesa y a tus llamados ocasionales –C’est Si Bon––. Y tú pensabas que no te sentía cuando hundías tu frente en mis hombros desahogando tus quejidos y yo ahogando mis latidos bajo respiros entrecortados.

Esta vez faltaban diez, pero también llovía. El cielo estaba a merced de mis ojos grises. Tus labios se escapaban de mi imaginación para encontrarse y saciarse de aquellos de tu amor enredado. Tu casa seguía oliendo a panqué y mi lengua nunca habrá de probarlo. Y yo era tormenta y era nube y era libre.

FIN

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