miércoles, 28 de abril de 2010

Andreè leía

Andreè leía. Justo había terminado de ver una película. Había también bajado a servirse un trago de esos que aclaran la garganta porque aquél dichoso guión le había dejado obstruida con un gigantesco nudo que no la mataría de asfixia, pero de igual modo sentía la obligación de esclarecerlo. Andreè leía. Ojeaba con intriga un cuento que había dejado abandonado por obligaciones alternas, de modo que repasaba las palabras repetidamente pues no lograba comprender nada de lo que estaba escrito. Y es que ella había ocupado su mente con tantas otras cosas aparte de esa gloriosa trama de cuento largo que no podía recordar cómo había empezado la historia.

Andreè leía y de fondo escucha el teclear de finos dedos en la habitación contigua. También escuchaba música de fondo. La música hablaba de nubes, pero Andreè no se interesó en la melodía ni el teclear de finos dedos más que por un corto cabello rubio cenizo que había caído sobre el blusón de su pijama. Andreè tenía una obsesión horrorizante por los cabellos. Lo que le causaba horror eran los cabellos desprendidos, pero esta vez no lo quitó de su blusón con desagrado. Ella tomó el delgado cabello con curiosidad y hasta un poco de dulzura y aún sabiendo que no había tomado el baño ese día, lo examinó con diversión. Observó con detalle el brillo de este y no pensó en las pequeñas maravillas de la naturaleza sino en lo mucho que le gustaba el cabello cuando sí estaba en una cabeza. Sintió de momento que no debía desprenderse deliberadamente de algo que había nacido de ella misma. Luego se sintió ridícula y aún no lo botó. Lo dejó en su escritorio a lado de una pestaña que de alguna forma había decidido caer ahí también. Andreé había dejado de leer y sentía que debía continuar haciéndolo por lo que volteaba continuamente a su cama para asegurarse de que el libro supiera que ella le prestaba atención y regresaría por él. por algún motivo no podía decidirse a dejar de pensar en el cabello y ahora también en la pestaña que se posaban sobre el escritorio formando una composición extraña. Andreè no regresó a leer, se fue con aquellos delgados hilos que parecía que flotaban como dos barcazas.

El pueblo divorciado

Ya se veían reunirse en la tribuna y apenas estaba empezando a clarear. Ves que es de tradición en este pueblo celebrar las discordias y rupturas de las parejas. La gente se asfixiaba contra los hombros de más gente y entre zapatazos y exaltaciones empezaron a tomar todos sus lugares. Se apoyaban con ambas manos sobre las rodillas y se asomaban entre las filas en espera del espectáculo. Después de un estrépito todas las voces amedrentadas se callaron de golpe para abrir paso a la pareja de la que todo el pueblo había estado hablando las últimas semanas. El gobernados entró dando zancadas hasta el estrado que estaba frente el público. Llevaba un monóculo y ningún sombrero cubría su calva cabeza. Tocó repetidamente un gran micrófono redondo con la yema de su dedo medio y un chillido perforador indicó que el micrófono estaba ahora encendido. - Eeehemm- Un silencio precedió a la voz del gobernador que ahora sacaba de su saco una hoja arrugada. Al leer la hoja el gobernador abrió grandes los ojos, se pegó el papel a la nariz, lo retiró de un sobresalto y se fue corriendo mientras arrugaba la hoja en su mano. De repente se escuchó como una ola de susurros del público atolondrado. Algunos se pararon para ver que sucedía. Otros lanzaron gritos de enojo y los demás se limitaban a mirarse entre si e intercambiar gestos de confusión. El gobernador no regresaba y algunos acalambrados decidieron regresar a sus casas. Pasaron las horas y los que se habían quedado aprovechaban para socializar, tomar el sol y jugar cartas. Volteaban de vez en vez en espera del gobernador y nada. Nadie quería perderse del evento que debía llevarse a cabo ese día. Se acercaba la hora de comer y fue entonces cuando la gente se empezó a exaltar, lanzaron piedras hacia el estrado e incluso uno que otro quiso comenzar una disputa.

Llegó en gobernador finalmente con una caravana de policías a poner orden. Ahora sí llevaba puesto un sombrero y fruncía los labios. Tenía un aspecto fúnebre. Comunicó al pueblo que la celebración no se llevaría a cabo y que quedaban en espera de alguna noticia. Se fueron yendo poco a poco las personas del pueblo confundidos y desalentados.

Luis y Minerva ya habían empacado y caminaban hacia en ocaso para huir del pueblo que jamás los había enseñado a amar.